Cultura: Tinta del Norte Peruano

 

   Arquitecta CAP 4068  Velia Beltrán Centurión

 

 

De la luna…su lágrima (Formato pdf )

El runa simi “lengua de los hombres” trastocada a “lengua de indios” a la llegada de los españoles -aunque no deja de ser motivo de orgullo para los peruanos por su versatilidad y dulzura- no resulta muy adecuado cuando los naturales de esta zona costera del norte del Perú nos encontramos en la búsqueda de vocablos que nos caractericen para destacarlos, pues no dibuja nuestra identidad local.


El Muchik en cambio, es la lengua oriunda de nuestra región, señalada por algunos autores como Yunga -tal vez porque así se refirieron a ella los primeros cronistas, para diferenciar la lengua que hablaban los nativos de las zonas más templadas, del Quechua o runa simi que se hablaba en las zonas más altas-. Esta “sinonimia” no nos parece muy adecuada debido a que encontramos zonas yunga también en el sur como en flanco oriental de la cordillera e inclusive fuera de nuestro territorio (Cochabamba – Bolivia, Jujuy – Argentina) por lo que resulta siendo imprecisa de modo que quedémonos denominándola Muchik únicamente.

No se trata de negar a un idioma autóctono para encumbrar a otro, sino de tomar conciencia de que tenemos muchas cosas más que valorar; podríamos aplicar el símil de lo que sucede con el Pisco Sour, que es el trago nacional, pero además los norteños contamos con nuestro delicioso trago regional, el Cóctel de Algarrobina.

Hoy centraremos nuestra atención en el loche ya que encaja con nuestra búsqueda de elementos que nos caracterizan, denominado por un vocablo de origen Muchik, el que ha sido bautizado con el epíteto de “Oro Mochica” en atención tanto a su gran valía, como a la fuerte coloración de su interior -que varía de los amarillos intensos hasta tonos casi naranja- debida a su alta concentración de xantofilas y carotenos, lo que nos habla de sus bondades alimenticias. 

Es el ingrediente por excelencia de la cocina chiclayana, aquel que hace de nuestro cabrito el más exquisito, el que distingue nuestro arroz con pato o con pollo de todos sus similares a nivel nacional, el que aromatiza a nuestro inigualable espesado o yémeque –que según el notable arqueólogo Dr. Walter Alva, tendría un remoto origen en la culinaria mochica el cual habría sido degustado por el Señor de Sipán y su corte– y que protagoniza el arroz mojadito en crema de loche, el sudado de toyo, el sancochado de res, la crema de zapallo con loche y el delicioso manjarloche o manjar blanco de loche.

Nuestro loche a secas, compacto y sin semillas, de verrugosa cáscara que no lignifica y cuyo potencial como producto nutracéutico estaría ya siendo evaluado -por sus muy probables cualidades terapéuticas, tanto preventivas como curativas- es distinto al zapallo decorativo piurano que simula una interrogación.

Con él sacamos pecho porque no se produce más que en nuestro propio suelo y que nuestros ancestros comenzaron a domesticar desde hace más de 6,000 años, motivo por el cual es considerado como una especie etnobotánica, y que ha sido empleado desde épocas remotas como saborizante natural en la preparación de platos autóctonos de la costa norte, por quienes poblaron estos territorios por lo menos unos tres mil años atrás.
Es por tanto herencia cultural exclusiva de los territorios que hoy ocupamos y bien pudo haber sido manjar en los grandes señoríos que nos precedieron, de lo que daría fe su constante representación en los ceramios de las culturas Mochica, Lambayeque y Chimú, en los que aparece como parte de su dieta alimenticia.

En la región Lambayeque, se produce en suelos considerados marginales con una combinación de métodos tradicionales que hacen de su cultivo algo casi místico, porque además de exigir que el mismo labrador que corta la veta, haga el transplante, este proceso sea efectuado durante la fase de luna creciente; pues de lo contrario no prospera la siembra.

Por su temperatura y calidad de suelo, es el área ubicada entre Túcume, Íllimo, Pacora y Batán Grande, la mayor productora de loche. Sembrándolos en abril y cosechándolos en agosto se obtienen frutos de óptima calidad, por ello es recomendable no alterar -aduciendo razones comerciales- su ciclo vegetativo normal de 5 meses.  En los poblados de Mocupe y Lagunas o Canasloche, se obtienen buenas cosechas durante todo el año, pero según los entendidos, a cambio de la abundancia, no alcanzan la exquisitez de los frutos producidos en el entorno de Íllimo. También son consideradas áreas tradicionales de su cultivo los valles de Mórrope, Mochumí, Ferreñafe, Pítipo, Pimentel, Ciudad Eten y Monsefú.

Los zapallos al reproducirse por semillas botánicas, obtienen frutos de forma variable y diferentes cualidades; por ello requisito básico para que se mantenga la forma y calidad de los frutos de loche, es que se mantenga la propagación vegetativa por esquejes o vetas -tallito o zapatilla que se introduce en el terreno-, necesitando muy poca agua para riego.
Desde el punto de vista hortícola la propagación vegetativa con esquejes constituye una rareza entre las curcúbitas, así como su interior totalmente compacto sin la presencia de “pepitas”. 

Este fruto cuanto mas pequeño y rugoso es, más oloroso y sabroso resulta; en tiempos de escasez -aún siendo éste el saborizante y el cabrito tierno el ingrediente básico- su precio unitario llega a superar al que se paga por el mismo cabrito.

Actualmente lo podemos saborear en platos menos difundidos como son un aguadito de gallina o de mariscos, un espesado de camarones, o un atamaladito de chancho con loche, etc. Y está apareciendo ya en platos típicos de lugares vecinos como el chirimpico del departamento de La Libertad y hasta en productos de la cocina novo-andina como la cazuela de alpaca, donde el loche hace lo suyo!  Por si fuera poco su delicioso sabor está entrando con fuerza en el boom de la innovación de la gastronomía peruana así que tendremos ocasión de degustarlo en ñoquis de loche en salsa de hinojo, en la copa noche de bodas o en unos ajíes rellenos con pulpa de cangrejo en salsa de loche, por sólo mencionar algunos.

Concientes como estamos de que conociendo el pasado tenemos mayor capacidad de comprender y valorar el presente, para proyectarnos a un mejor futuro, fuimos a donde los especialistas en tratar de revivir esta lengua casi extinta, de la que solo subsisten una regular cantidad de vocablos -nombrando a los productos típicos de flora y fauna de esta región así como algunos toponímicos y apellidos-, y encontramos que el significado de la palabra loche vendría a ser algo así como “Lágrima de la luna”; y decimos algo así, pues no se conoce con certeza la estructura gramatical de esta lengua, lo que sí está claro es que significa que de la luna cayó una lágrima, no resultando quizá tan relevante la manera en que ésto se pueda expresar, sino el significado en sí mismo.

Ahora bien, no creemos que sea posible dar la traducción exacta debido a que en cualquiera de las formas que intentemos hacerlo, estaríamos siempre sesgados por la estructura gramatical occidental que poseemos, ya que no se conoce a ciencia cierta en qué medida la sintaxis, alguna declinación o un sufijo o prefijo, podría imprimir, enfatizar o cambiar un vocablo.  ¿Lágrima de la luna? Lágrima de luna?  De la luna su lágrima?... mmm… no, tal vez si fuera del oriente su fruto. 

Y esto casi poético no es un hecho aislado, al parecer nuestros ancestros que supieron vivir en armonía con su entorno pudieron encontrar maneras de denominar a las cosas, diríase que tratando de escucharlas hablar y preguntándoles respetuosamente cómo les gustaría ser nombradas. Y el loche respondió; lo hizo a través de su forma… Una gota, una lágrima… y lo dijo con su génesis, pues su siembra y su cosecha están íntimamente ligadas a los “estados de ánimo” de la luna, es decir con sus fases. 

Por si fuera poco cuando hay plenilunio, es decir que cuando nuestro satélite -a quien los mochicas supieron utilizar como marcador del tiempo ampliando así sus conocimientos astronómicos- está en su plenitud, ver un sembrío de loche es un espectáculo muy bello. Su forma similar a gotas de agua se hace más evidente al ser acariciada por la luz de aquella, a quien rendían culto por su resplandor, por la influencia benéfica en la pesca, sobre el crecimiento de las plantas y sobre las mareas, simulando decenas de lágrimas de luna esparcidas por el campo.

El loche será lo máximo –para mí lo es- pero tampoco es pepita de oro para gustarle a todo mundo, y lo que subyace a su nombre que a unos nos puede fascinar, a otros sencillamente les puede resultar indiferente o inclusive no gustarles… y no vamos a negar que no ha de faltar a quien no sólo no le agrade el significado sino hasta le parezca lúgubre porque relaciona las lágrimas con tristeza, pero… ¿es que acaso no hay lágrimas de felicidad? Y me atrevería a afirmar que son las más auténticas.


 

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